sábado, 29 de junio de 2013

Consigna de un circuito humano

Cuando pasa una luz lejos de la orilla, la tomo y me afirmo como puedo, me cuelgo sobre sus hombros, y con mi espada le ayudo a cortar malezas en el camino. Siempre que me preguntan cuánto tiempo queda respondo que nunca hubo ese elemento, todo está como siempre, nada ha avanzado ni retrocedido, ni perdido ni ganado. Solo está la aparente movilidad que nos miente una y otra vez con sus suaves y bellos deseos, juguemos hasta que nos aburramos pero no nos aburramos sin antes terminar de sonreír.
Embellecer el espacio creado con la chispa más potente que encontremos en la bóveda central. Cuantos caballeros acompañarán nuestras hazañas, pero a la vez cuantos caerán en el camino desplegado de enarboladas distracciones. Las bellas doncellas que cultivaran su más sagrado elixir en la ardiente copa flamígera de vida dulce y multiramificada.
Al ver el pináculo del otro lado del bosque inhalé gran cantidad de aire y pretendí no escuchar las grandes disonancias ya tantas veces vociferadas por las multitudes.
Bajo mis pies piedras infinitas que hundianse en mis plantas,  no veía la distancia entre mis codos y manos con tanta alga espesa y áspera. Tras mis ojos un abanico de cuadernos sonreían:
 
"Clases circulares."
"Composición de oleaje orquestal."
"Tipografía analítica."
"Los sonidos y su traducción física."
"Representación pacifica del entorno irreflexivo."
"Traducción de las impresiones pendientes."
"Fundamento del actuar."
"El silencio y su sensación de seguridad."

La artillería pesada no tardaba en aparecer, me encaramé como pude en la liana más próxima, no éramos pocos los que sobrevolábamos la estampida. Sobre nuestras cabezas los predadores imperiales vigilaban atentos a cualquier error y descuido.
Detrás de unas calabazas rojas y azules encontramos una planicie, reducimos a polvareda aquellas imitaciones mal engendradas de alimentos nobles. y nos agachamos para no ser descubiertos.
Ni grillo ni rana anunciaban la alicaída noche, todo parecía pertenecer a la misma epidemia de sangre y trino que con burlas recobraba sus fuerzas mal intencionadas. Todo gemir y llanto se disfrazaba de risa, mas ocultaba una pena incomprendida y duradera. Nosotros seguíamos con la cabeza agachas, esperando el momento adecuado para continuar. El tambor de profundo rigor y noble descendencia nos daría la señal en el momento preciso.

Tam-ta (sonó)

Y como la brisa del viento que repentinamente impulsa a gran velocidad las alas del águila magistral. Nos dejamos asistir por aquel revuelo que espantó toda sobra de dudas y agarrándonos con los nervios mismos clavados al resplandor profundo y fugaz, desaparecimos dejando una gran ráfaga aguda.
Vimos entrecortadas imágenes que se reflectaban en la córnea.
Debieron ser siete respiraciones las que alcanzamos a dar, cada una con un aroma diferente antes de que la misma precisión imprevista nos dejara situados donde las esferas son de azul profundo y los imanes movilizan diamantes de auras gigantes.
Flotando lejos los unos de otros nos vimos en la tarea de autoabastecernos solo con inhalaciones e impresiones bien masticadas por aproximadamente veintiún momentos.
Las yemas de los dedos se veían dilatando cada vez más los grandes surcos creados por la humedad.
En aquellas noches era fácil perderse en los recuerdos...

...Las caricias de antaño.
Añoranzas de dulces cuellos.
Rondas de cosquilleo y júbilo.
Los naranjos tejidos de los cojines a la luz del alba.
El polvillo inquieto del atardecer entregado por el espectro visible.
Las degustaciones de comisuras...


Cuando el frío comenzó a despertar la fantasía, también comenzó a desvanecer el anhelo, y cuando por cosas del neuroespacio, las conexiones dejaron de relacionar lo añorado con lo perdido, y lo inexistente con lo real. Me percaté donde estaba.
En medio de un océano de espaldas a las profundidades.
Mi visión no distinguía el cielo del mar inquieto que bordeaba mi parabrisas ocular.
Me levanto para flotar verticalmente.
Me mantengo calmo expectante.
Sobreponiéndome a los síntomas de absolución pataleo con tranquilidad, mis brazos mezclan la gran olla marina con suaves movimientos sincronizados.
Mi corazón bombea al ritmo de las olas que estallan a lo lejos.
Por fin no hay más que el presente continuo.
Una llama acrecienta en mi corazón el entusiasmo perdido.
Todo vale absolutamente en el existir constante.
Devenir que pendulas como insistente circunferencia en palpitación
Aquel centro donde me encuentro en comunión con todo.
Cuando percibo la complacencia desde un punto externo.
Cuando me nado dentro de mi propio amanecer.
Cuando pasa una luz cerca de la orilla la tomo y me afirmo como puedo...

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