Crítica japonesa al industrialismo occidental, publicada
originalmente en el Daily Mail de
Japón (1980) por el vizconde Torio, quien estaba profundamente versado en
filosofía budista y además tenía n alto rango en el ejército Japonés:
“El orden o el desorden de una nación no depende de nada caído
del cielo ni surgido de la tierra. Está determinado por la disposición del
pueblo. El pivote alrededor del cual gira la disposición popular es el punto
donde se separan las motivaciones públicas y las privadas. Si el pueblo está
influido principalmente por las consideraciones públicas, el orden se ve
asegurado; si lo está por las privadas, el desorden es inevitable. Las
consideraciones públicas son aquellas que urgen a la observación adecuada de
los deberes… Las privadas son las sugeridas por motivos egoístas… Mirar nuestros
asuntos familiares con todo el interés debido a nuestra familia, y los
nacionales con todo el interés debido a la nación, esto es cumplir nuestros
deberes adecuadamente y estar guiados por consideraciones públicas… El egoísmo nace
junto con el hombre; darle rienda suelta significa convertirse en una bestia.
Por ello los sabios predican los principios del deber y el decoro, de la
justicia y la moralidad, que ponen freno a los fines privados y favorecen el espíritu
público… Lo que sabemos de la civilización occidental es que lucha desde hace
largos siglos en una confusa condición y que finalmente ha alcanzado un estado
de cierto orden; pero que incluso este orden por no fundarse en principios como
los de las relaciones naturales e inmutables entre soberanos y súbditos, padre
e hijos, con todos sus derechos y obligaciones correspondiente, se encuentra
sujeto a un cambio constante de acuerdo con el crecimiento de las metas y las
ambiciones humanas. Admirablemente adecuado para las personas cuyas acciones
están controladas por la ambición egoísta, la adopción de ese sistema en el
Japón es buscada naturalmente por cierta clase de políticos. Desde un punto de
vista superficial, el tipo de sociedad occidental es muy atractiva, y en la
medida en que es el resultado del libre desarrollo de los deseos humanos desde
tiempos antiguos, representa el mayor extremo de lujo y extravagancia. Resumiendo,
el estado de cosas alcanzado en occidente se basa en el libre juego del egoísmo
humano y solo se logra dando amplio campo a esa cualidad. Se presta muy poca
atención a los disturbios sociales en el occidente; sin embargo son a la vez el
testimonio y los factores del presente malestar… En el oriente, desde tiempos
antiguos, el gobierno nacional se ha fundado en la benevolencia y ha tendido a
asegurar el bienestar y felicidad del pueblo. Ningún credo político ha
sostenido jamás que debiera cultivarse la fuerza social con el fin de explotar
la inferioridad y la ignorancia… Ahora bien, para satisfacer las necesidades de
un solo hombre fastuoso son necesarias las labores de mil hombres. Con
seguridad que es monstruoso que aquellos que deben al trabajo los placeres
sugeridos por su civilización olviden lo que le deben al trabajador y lo traten
como si no fuera un semejante. Pero la civilización, según el Occidente, sirve
solo para satisfacer a los hombres de grandes deseos. No tiene ningún beneficio
para las masas, sino que solo es un sistema en el cual compiten las ambiciones
para establecer sus propios fines… El hecho de que el sistema occidental sea
gravemente perturbador para el orden y la paz de un país, lo han visto los
hombres que tienen ojos y lo han oído los que tienen oídos. El futuro del Japón
bajo un sistema tal nos llena de ansiedad. Un sistema que se funde en el
principio de que la ética y la religión están hechas para servir a la ambición
humana, naturalmente está de acuerdo con los deseos de los individuos egoístas;
y teorías tales como las que implica la formula moderna de libertad e igualdad
aniquilan las relaciones establecidas de
la sociedad y son una afrenta al decoro y la decencia… Como la libertad y la
igualdad absoluta son inalcanzables, se suponen establecidos los límites
prescriptos por el derecho y el deber. Pero como cada persona busca tener tanto
derecho y cargarse con tan pocas obligaciones como le sea posible, los
resultados son interminables contiendas y disputas legales… Es natural que, si
los derechos mutuos de los hombres y su status se hacen depender de los grados
de riqueza, la mayoría de la gente, al no tenerlo, no podría establecer sus
derechos, mientras que la minoría rica afirmaría los suyos y, bajo la sanción
de la sociedad, aplicaría deberes excesivos a los pobres, descuidando los
dictados de la humanidad y la benevolencia. La adopción de estos principios de
igualdad y libertad en el Japón viciaría las buenas y pacíficas costumbres de
nuestro país, haría duro e insensible el carácter general del pueblo y
resultaría finalmente una fuente de calamidades para las masas… Aunque a
primera vista la civilización occidental presente una apariencia atractiva,
adaptada como está a la gratificación de deseos egoístas, sin embargo, puesto
que su base es la hipótesis de que los deseos de los hombres constituyen leyes
naturales, tiene que terminar al fin en el desengaño y la desmoralización… Las
naciones occidentales se han convertido en lo que son después de haber pasado
por conflictos y vicisitudes del más serio carácter… el desorden perpetuo es su
destino. La igualdad pacífica no podrá ser jamás alcanzada hasta que no se la
construya sobre las ruinas de los estados occidentales aniquilados y las
cenizas de los pueblos occidentales extinguidos.”
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