martes, 20 de marzo de 2012

Lo que he visto...




De lo que he sentido se ha hablado bastante, pero lo que he visto es digno de anotarse, acobijado entre los cerros en el valle, la dulce calma de la naturaleza, la brisa del viento fresco y el constante sonido del río con su armónico característico al despertar en la mañana, hacen contrastar de manera muy definida lo que algún día fue el hombre de ayer con el que es hoy. Las madrugadas en el campo son de sonidos naturales, con pájaros cantándole al nuevo día, el silencio te abriga y te pone en calma para recibir la energía de un nuevo amanecer; la ciudad sin embargo, te despierta con el ruido de la maquina funcionando, la misma bulla con la que combates horas para quedarte dormido, ahí está otra vez, y es hora de levantarse… para que resulte menos estresante mantienes una rutina habitual, te pones la ropa que dejaste lista la noche anterior, tomas tu café y tus tostadas en un reducido tiempo, sin darle mucha importancia “tragas” la comida, porque a veces sales muy rápido para no llegar tarde. En esta gran máquina es importante que estén todos bien organizados, es fundamental que todos cumplan con sus obligaciones para que los engranajes funcionen, tomando esto en cuenta, es la misma ciudad la que busca los factores que de una u otra forma puedan retrasar el gran mecanismo y esto generalmente resulta afectar a la interacción social, se realizan intervenciones en las calles, se dejan pocos espacios verdes pues eso fomentaría el tiempo de ocio, se construyen paraderos aerodinámicos, ya no con la intención de que la gente espere junta el bus, si no para que en caso de colapso, la fila quede hecha inmediatamente, estos paraderos suelen dejar una o dos entradas solamente, pues así el fiscalizador controla muy bien quienes entran y no al sistema de transporte, pasando la persona a ser muy semejante a una bola de “pinball”, todo esto, claramente tiene un respaldo evolutivo, es el avance, el crecimiento…
Es más que sabido que en las áreas rurales hasta hace poco, saludar a una persona solo por verla, solo por identificar a un ser de tu misma especie es algo totalmente natural, y en muy pocos casos se trata de algo forzado, en el caso de la ciudad, esto no solo resulta complicado sino que hasta se ha mostrado como peligroso, pues se ha contado el mito urbano de que si saludas a un desconocido posiblemente te pueda hacer daño, pues nunca se sabe que esperar de las personas que te encuentras en las calles. Este germen, esta infección y epidemia se propaga a gran velocidad desde la capital, pues hay un factor que le da una importante relevancia a esta historia, ese factor es el de proteger tus bienes materiales, estos te dan comodidad y entretención, te distraen y hacen de tus sentidos un gran iglú donde solo cabe tu persona, los bienes materiales forman parte importante de la pirámide psicológica de la sociedad urbana, y por lo mismo, el protegerlos es un asunto más del que nos debemos preocupar, y así, vamos de preocupaciones a ocupaciones donde nos encontramos con un trabajo que rara vez satisface nuestras expectativas de vida, sin saber por qué nos encontramos en él, sintiéndonos satisfechos en ocasiones solo por saber que recaudamos fondos para mantener estable nuestro propio sistema de comodidad, nuestra entretención y agreguemos esta vez “estatus”. Porque aunque con tantas preocupaciones nos olvidamos de la sociedad, la recordamos mágicamente en el instante en el que queremos comparar nuestras situaciones, entonces, después de no saludar en la micro, el metro o en la calle, después de no mirar a los ojos de nadie, por temor en algunos casos o arrogancia en otros, después de todo esto, si queremos relacionarnos, pero ya no en calidad de humanos, sino más bien, convertidos en el bien material que hemos protegido, que anhelamos o que algún día quisimos tener, y así la interacción se inicia desde un paradigma absolutamente distinto, un ambiente asimétrico, que solo con mucho alcohol logra acercarse a algo parecido a una sociedad, el problema son los males incrustados en los vidrios de los ojos urbanos, infecciones como la envidia, la desconfianza reiterante, la ingratitud, son enfermedades difíciles de entender y más difíciles de extirpar.

1 comentario:

Aaron dijo...

es notorio la forma en que las personas se esfuerzan por desprenderse de su empatía, convencerse de que una acción de amabilidad es una pérdida de tiempo y puede llegar a ser peligrosa. comodidad, al precio de perder parte de tu libre albedrío, cosa poco importante para algunos. Para otros, en los que me incluyo, lo más importante de existir, tus palabras me recuerdan caminatas por santiago en que te das cuenta que la máquina solo trata de replicar sin éxito, sin entender aquello que ni siquiera como humanidad hemos podido explicar, la comodidad nos convierte en un ser manufacturado por nosotros mismos. Pero creo en que ciertos sucesos siempre se encarga de hacernos saber que es solo un teatro humano.